Viendo Sevilla desde el cielo…

Tengo que reconocer que en el momento de escribir estas líneas todavía estoy emocionado de lo que hemos podido vivir mi Merchi y yo estas últimas veinticuatro horas. Son cosas que se viven y que, como siempre digo, es lo que nos vamos a llevar.

Ya conté por aquí que este año hacíamos las bodas de plata de casados mi Merchi y yo. Fue el pasado 5 de julio y para celebrarlo nos fuimos a Roma, pues yo sabía que era uno de los sitios que ella tenía muchas ganas de ver. Y, aunque disfrutamos de buenas cosas y pudimos vivir buenos momentos, podemos decir que tuvimos mala suerte y no salió todo tan bien como esperábamos. También lo conté por aquí.

Uno se queda con esa espinita clavada y piensa que algo debe hacer para cambiar esa impresión y ese decir «yo no vuelvo a Roma hasta que no se me olvide esto», frase que repetimos mi Merchi y yo a menudo.

Pues bien, teniendo claro en todo momento cuál es nuestra prioridad y que las enfermedades no entienden de vacaciones y que siempre han de ser tenidas en cuenta, la vida sigue… y nosotros, como parte de ella, tenemos asumido que hay que seguir viviendo. Y tenemos que disfrutar de las cosas bonitas que la vida nos ofrece, sin hacer locuras y siempre dentro de nuestras posibilidades, por supuesto. Es bonito disfrutar de la familia, de los amigos, de los comentarios bonitos de las redes, de los paseos… La vida ofrece muchas posibilidades, pero también es cierto que cada uno tiene su vida y, desgraciadamente, no todos tenemos las mismas posibilidades de poder disfrutarla. Por eso, siempre recomiendo que, en la medida de tus posibilidades, disfrutes de tu vida, porque lo que sí es cierto, mientras que nadie demuestre lo contrario es que todos tenemos una vida y solo una.

Hace unas semanas recibía en el grupo de Whatsapp de la familia de mi mujer -que se llama «Aguarenais» y que todavía no sé porqué- unas fotos de mis cuñados Quino y Ángeles en el hotel de cinco estrellas Eurostars Torre Sevillla, que está en la Cartuja -en las últimas plantas de lo que por aquí se ha llamado y se sigue llamando «la Torre Pelli» y que tantas críticas ha tenido y sigue teniendo…-. Fotos de las vistas desde la habitación, desde el spa, desde el mirador de la última planta. Fue ver esas fotos y decirme a mi mismo: «Yo tengo que ir ahí con mi Merchi». Dicho y hecho. Había que aliviar el mal sabor que nos dejó el viaje a Roma y disfrutar de nuestra querida Sevilla desde las alturas, pegados al cielo.

Eso sí, en agosto, que es temporada baja en Sevilla pues la gente huye de «la caló». Los turistas también. O al menos sobre el papel, porque nosotros hemos visto bastante turismo, la verdad. Pero tenía que ser en agosto pues los precios son más bajos que en otras épocas del año. Yo tuve que renunciar a la sesión de spa, pues sigo con las curas de la herida de la espalda y no puedo mojarla.

Nuestra reserva incluía una habitación doble con baño adaptado, aparcamiento y desayuno. El check-in no se podía hacer hasta las 14 horas; nosotros llegamos algo antes, dejamos la maleta en la recepción del hotel y estuvimos dando una vuelta por el centro comercial y comimos algo antes de volver al hotel.

Nos dieron una habitación de la planta 26, cogimos un ascensor supersónico -es espectacular la velocidad que alcanza- y en segundos subimos 26 plantas. Una vez comprobada lo chula que era la habitación y las vistas que teníamos, acompañé a mi Merchi a la planta 35, donde estaba el spa, y allí ella disfrutó de cincuenta minutos que se le pasó volando. Cuando subí para recogerla me permitieron acceder al ventanal para disfrutar de las vistas. ¡Impresionante!

Por la noche cogí mi andador Talquito y cruzamos hacia Triana para cenar. Estuvimos en el «Sol y sombra» de la calle Castilla y la verdad es que cenamos muy bien: tomatito aliñado con melva, un revuelto y unos chocos fritos que estaban de muerte. Eso sí, todo con precio para guiris. O es que ha subido bastante todo en general… Y subimos al mirador de la última planta del hotel -planta 37- para ver Sevilla de noche…

Ya por la mañana desayunamos en el restaurante del hotel que estaba en la planta 34 y que también tenía unas vistas impresionantes, aparte de tener un buffet en condiciones.

Una vez que desayunamos volvimos a la habitación para terminar de recoger todo y bajamos a recepción para hacer el check-out y despedirnos hasta una próxima ocasión. Pero antes Daniel, uno de los recepcionistas, nos hizo esta foto a las puertas del hotel. Gracias a él y a todo el personal por su atención y trato. En cuanto podamos volveremos…

Y es que… Sevilla es todavía más bonita desde el cielo. Y esto para terminar: