Va por ti, Sergio

El pasado 11 de septiembre escribía esto por aquí en un post titulado «De nuevo en el Virgen del Rocío«:

«Me subieron a la habitación el miércoles sobre las 6 de la tarde y allí estaba Sergio, mi compañero de habitación. Después llegó Merchi, que se queda un rato con nosotros y ya nos quedamos los dos solos para pasar la noche.

Ayer jueves empezamos el día temprano, como es habitual por aquí. Vienen a sacarte sangre, a tomarte las constantes… y no pararon de venir médicos a vernos a los dos. Yo tenía previsto un TAC y también me pondrían un PICC, pero a Sergio le dieron una mala noticia, porque le dijeron que tenían que operarlo esa misma tarde porque tenía una infección importante y esa misma tarde entraría en quirófano, con lo cual la noticia no fue muy bien recibida. Vinieron sus padres, que estuvieron toda la mañana acompañándolo en la habitación. En mi caso vino Merchi, mi compañera habitual, como siempre, la que nunca falla y siempre está ahí».

Jamás olvidaré ese 10 de septiembre; la tarde anterior yo había ingresado en la habitación 816 de la octava planta del edificio general del Virgen del Rocío y allí estaba Sergio, tumbado en su cama, en la que casi no cabía porque era muy alto. Nos saludamos y enseguida conectamos, ya que esa tarde no paramos de hablar, de contarnos cosas, de nuestras experiencias con nuestras respectivas enfermedades, de nuestras familias… En definitiva, nos hicimos amigos desde el minuto uno.

Sergio llevaba ingresado de forma ininterrumpida desde el 1 de junio, más de tres meses en ese momento -todo el verano allí-, que tiene tela y lo peor… sin poder moverse de la cama y sin saber cuándo podría salir porque la cosa estaba complicada.

En su momento no lo conté pero esa tarde en la que le dijeron a Sergio que tenía que operarse de forma urgente y que la operación era muy complicada no se me va a olvidar en la vida. Estábamos los dos solos en la habitación y vinieron un grupo de cuatro cirujanos que le explicaron en qué consistía la operación y los riesgos que conllevaba, que no eran pocos. Le hablaron de un porcentaje bastante alto de que la cosa no saliera bien, la verdad es que fueron muy claros, pero es duro recibir noticias de ese tipo. Si yo me quedé en shock con lo que había escuchado imaginaros cómo se quedó él. Cuando los cirujanos salieron por la puerta Ezequiel, que era el enfermero que estaba esa tarde, nos vio a los dos muy preocupados y se lo dijo al hematólogo que lo estaba viendo, que era el doctor Falantes. Enseguida vino y habló con Sergio de una forma tan cariñosa que cuando acabó y se iba a marchar le di la enhorabuena por su humanidad y por su forma de acercarse al paciente. Me quito el sombrero ante el doctor Falantes.

Cuando nos volvimos a quedar solos los dos comentamos durante un buen rato la situación, aunque Sergio estaba muy preocupado y, sobre todo, muy pesimista. No paraba de decir que se iba a quedar en el quirófano. Yo ya no sabía qué decirle, porque también había escuchado a los cirujanos y también me había preocupado mucho, pero yo tenía que darle ánimos, tenía que decirle que todo iba a salir bien y que en breve estaría de nuevo acompañándome en la habitación. Al rato vino un celador para llevarse a Sergio a quirófano y se fue llorando. Así me quedé yo también, solo en la habitación, muy preocupado y con las lágrimas cubriendo mi rostro.

En este vídeo resumí en su momento lo que fue ese día:

Pasaban los días y nadie me sabía decir nada sobre cómo estaba Sergio ni sobre cómo había ido la operación. Yo no paraba de preguntar a todos los enfermeros, auxiliares y médicos que venían a verme, hasta que un día Jose, el enfermero, me dijo que Sergio estaba en la UCI, que parece que la operación había ido bien, pero que necesitaba recuperarse. Me puse muy contento porque la falta de información me tenía muy preocupado. Un día mi mujer se encontró a sus padres, Manolo y Rosario, por los pasillos del hospital y le confirmaron esta información.

Mi ingreso se alargó más de la cuenta porque, además de ponerme el primer ciclo del nuevo tratamiento, estuvimos esperando a que viniera a verme algún traumatólogo la rodilla, porque tenía mucho dolor, no podía apoyar la pierna y estábamos a la espera de ver lo que hacíamos.

Uno de estos días yo estaba sin compañero de habitación, solo estábamos mi Merchi y yo y escucho que ella grita: «Sergioooooo» y es que por la puerta estaba entrando una cama con nuestro amigo para volver al sitio en el que estuvo, la cama 2 de la habitación 816. Tanto Merchi como yo sentimos una alegría inmensa porque ya habían pasado bastantes días sin saber nada de él y la verdad es que tenía buen aspecto.

Venía acompañado de sus padres, dos personas de más de 80 años que eran sus acompañantes diarios, que no faltaban una sola mañana por allí, que le traían la comida que quería… Dignos de admirar Manolo y Rosario.

A partir de ese momento nuestra amistad se engrandeció aún más, pues pasamos muchos momentos los dos solos y nos contamos nuestras batallitas. Me hizo mucha gracia cuando me dijo que tras salir de la UCI parecía que se lo habían llevado a Kosovo, porque lo metieron en una habitación que antes fue quirófano y que tenía todas las paredes de azulejos blancos. Decía que aquello daba miedo y encima estaba solo, sin compañero. Eso sí, lo bueno es que tenía televisión gratis. Él no era muy futbolero, pero era más bético que sevillista; yo ponía en el ordenador el fútbol, le daba la vuelta a la mesita y veíamos los dos los partidos, tanto los del Betis como los del Sevilla. Y muchas cosas más… Cuando me dieron el alta tras más de veinte días ingresado, Merchi y yo nos despedimos de él y de sus padres y nos prometimos mutuamente que nos llamaríamos de vez en cuando… y así ha sido.

Siempre que me llamaba su bienvenida era decirme: ¿Qué pasa, máquina? Él me llamaba así, me decía que era un máquina por las cosas que hacía, por lo de escribir en el blog, por la presencia en las redes sociales, por lo de los libros… me lo dijo muchas veces y yo le decía que no era para tanto, que lo hacía porque el cuerpo me lo pedía así y porque me sentía muy arropado por toda la gente que me rodea.

Los próximos ingresos para ponerme el tratamiento ya los hice en la tercera planta del Hospital de Traumatología, que la habilitaron para los pacientes hematológicos, ya que la octava planta del Hospital General la cerraron para pacientes covid. En esta planta de Traumatología estaba también Sergio -lo habían trasladado allí cuando cerraron la octava- y coincidimos en alguna que otra ocasión, aunque siempre en habitaciones distintas. Yo no podía moverme de la cama, pero él venía a verme cuando hacía sus ejercicios de rehabilitación con la fisio Eva, -a la que conocía también de mi anterior etapa ingresado y con la que me estrené con los ejercicios-. Me hacía visitas para preguntarme cómo estaba y yo le preguntaba a él. Le daba a mi mujer los sobaos de la merienda que él no se comía, porque él no quería saber nada de la comida del hospital, y así seguíamos… Yo entraba para ponerme el tratamiento y salía a los pocos días, pero él se seguía quedando allí.

Antes de las Navidades le dijeron los médicos que lo iban a trasladar a la zona del TAMO de la planta de Hematología porque estaba previsto que le hicieran un trasplante y debía estar ingresado en aislamiento. Sin embargo, no pudo ser, porque las infecciones que tenía por el cuerpo lo impedía. Como es lógico esta noticia le preocupó mucho, tanto a él como a sus padres.

Nosotros seguíamos hablando por teléfono y mandándonos mensajes de WhatsApps y rara era la semana que no me llamaba Manolo para preguntarme cómo estaba. Qué buenas personas son y qué bien se han portado como padres Manolo y Rosario. Sigo pensando que no es nada natural perder a un hijo, pero la vida es así.

El miércoles de la semana pasada estaba yo dando mi paseo matinal con mi silla de ruedas eléctrica y me suena el móvil; paro la silla, saco el móvil de mi bolsito, lo miro y veo que es Manolo quién me llama, pero no me da tiempo de coger la llamada. Se la devuelvo, le doy los buenos días y noto la voz de Manolo rara, como de preocupación, como no sabiendo cómo decirme lo que me tenía que decir, hasta que me dice: «Juanma, te tengo que decir que no llames a Sergio porque nos han dicho los médicos que no hay nada que hacer, que es algo inminente». Se me cayó el mundo encima, no supe qué decir, solo intenté darle a Manolo los ánimos que pude, que se lo transmitiera a su mujer y que me avisara cuando sucediera el fatal desenlace. Entre lágrimas nos despedimos los dos y desde ese momento se me quedó muy mal cuerpo, me volví del tirón a casa, se lo conté a Merchi y nos abrazamos.

Ayer me dijo mi mujer que llamara a Manolo porque seguramente al hombre se le habría pasado el llamarme por tener que vivir esta situación tan complicada. Lo llamé y efectivamente me confirmó Manolo que el viernes Sergio nos dejó. Le di el pésame, le pedí permiso para escribir estas líneas en homenaje a Sergio, permiso que me concedió y nos despedimos con las voces entrecortadas.

Otro amigo que se me queda por el camino. Os aseguro que esto es muy difícil, pero hay que seguir luchando por él y por todos los que nos han dejado. Yo al menos lo seguiré haciendo… Por Valentín, por Pepe, por Fernando, por Fidel, por Julio, por Sergio y por tantos luchadores que se han quedado por el camino y que, como siempre digo, no se trata de una derrota, nunca se puede considerar así, pues luchar por querer curarte no es una guerra, es una actitud y yo lo voy a conseguir, por mí y por todos mis compañeros.

Puse la noticia ayer en mis redes sociales y son muchos los comentarios recibidos de pésame dirigidos a su familia y a los que le conocíamos. Muchas gracias a todos.

Sergio Calderón Restituto, 45 años. Descansa en paz, amigo.

#SomosImparables #SeguimosJuanma #yomecuro.

Nuestra enfermera María y servidor mandamos besos al cielo para ti, Sergio.